Buenos Aires parece, al menos en la superficie, una ciudad europea, y uno pensaría que es fácil para los periodistas británicos convertirse en locales, aunque no siempre es así.

No tengo nada contra los besos. Al contrario, me gustan.

Pero hay mucho beso en Bueno Aires, y a veces no sé si entiendo bien. Uno besa a casi todo el mundo, la mejilla derecha de uno pegada a la mejilla derecha de otro, cuando saluda y cuando se despide.

"¿Qué? ¿A todo el mundo?", le pregunté a mi esposa argentina la primera vez que visité el país. "Sí, a todo el mundo", me respondió. No supe qué pensar.

Ese día fuimos a ver a su dentista, una mujer mayor, muy conservadora, que -según me dijeron- una vez limpió el sarro de la dentadura de ni más ni menos que de la glamorosa Evita Perón, esposa del ex presidente Juan Domingo Perón.

Nos encontramos en la entrada. Me incliné para besar a la diminuta dentista y ella retrocedió horrorizada.

Una puerta se cerró y me golpeó por detrás empujándome más cerca de ella, que se agachó y evadió mi abrazo en un movimiento digno de un jugador internacional de rugby.

Charlie Chaplin no lo habría hecho mejor.

"Bueno, tal vez no besa uno a todo el mundo", me explicó mi esposa más tarde.
Beso amistoso

Hace algunos años se comenzó a practicar la costumbre de besarse entre hombres. Los familiares y los amigos muy cercanos siempre lo han hecho, pero fue un movimiento radical para una sociedad machista y a veces homofóbica.

Cada mañana, cuando voy a dejar a mis hijos a la escuela, beso a vendedores de seguros, arquitectos, abogados y profesores, mamás y papás de otros niños. Y nos besamos otra vez al despedirnos.

Cuando llevo a mis hijos a jugar fútbol, los sábados en la mañana, se repite el proceso. Pero los papás no se han afeitado y prefiero un distante y muy británico hola dicho entre dientes, y un vago saludo con la mano.

Beso a colegas hombres y mujeres cuando llego al trabajo y cuando me voy. He besado a la señora que limpia, al gerente del banco, a las recepcionistas y a las secretarias en las oficinas de las personas a las que he entrevistado.

Pero no he besado a los que recogen la basura ni a mi peluquero ni a los inspectores del tren, aunque lo haría si fueran un poco más amistosos.

Y todos besan a los niños, con entusiasmo y con frecuencia. Mis propios hijos están acostumbrados a ofrecer la mejilla a todos los adultos que nos visiten.

Pero cuando van a Gran Bretaña se quedan con el cuello extendido ante la confusión de los distantes y estirados adultos británicos. "¡Oh! Esperabas un beso", les dicen.

Los argentinos son definitivamente mucho más amistosos. Pero a veces son demasiado amistosos. Hay muchos labios y muchas mejillas.

Los besos entre hombres se dan de una manera muy masculina y muy argentina.
Cuando dos amigos se encuentran en la calle se dan un beso discreto en la mejilla y un fuerte golpe en el brazo, acompañado de un ruidoso: "¿Qué tal, che? ¿Cómo andás?".

Todavía se puede saludar de mano, pero eso puede ser visto como una señal de que uno quiere conservar la distancia, de que no quiere verse muy amistoso en una sociedad que es muy amistosa.

Demasiado británico

Besarse en público es importante para los argentinos.

El otro día, mientras hacía cola para entrar al cine, oí un chupeteo frenético y sonidos como si alguien se estuviera ahogando detrás de mí.

Me volví y vi a una pareja ya no muy joven besándose apasionadamente. Eso se ve con frecuencia en los parques, afuera de las oficinas y en los restaurantes.

"Ojalá no esperes que yo haga lo mismo", le dije a mi esposa. "No", me dijo. "Tú eres muy británico todavía".

Ahora que lo pienso, a los argentinos les gusta acercarse más de lo que yo estoy acostumbrado. Por ejemplo, en las colas del supermercado he tenido que hacer a un lado a ancianas cuya cercanía no me deja ni firmar el recibo de la tarjeta de crédito.
Es peor en los cajeros automáticos, porque siento que están en mi bolsillo trasero mientras saco dinero de la máquina.

Me dan ganas de decirles: "Tal vez quiera usted bailar, señora, aunque no nos conocemos ni son la hora ni el lugar para bailar un tango".

Las guías dicen lo mismo. Que Buenos Aires parece, en la superficie, una mezcla de París, Milán y Barcelona. Y la mezcla de inmigrantes refleja lo mismo, con la consiguiente evolución de una cultura del beso.

¿Qué es mejor? ¿Un beso, o dos, o tres? ¿Al saludarse o al despedirse?
Los porteños, como les dicen a los habitantes de Buenos Aires, han desarrollado un estilo propio. Así que si usted visita Argentina prepare sus labios, cuídese de las dentistas diminutas, y si usted es hombre, aféitese primero.

1 Comment:

  1. Anónimo said...
    fan de tu blog.

    sí, a veces pienso... uno besa demasiada gente y me di cuenta de eso en el laburo
    todos los días uno besa a las mismas personas, a la misma hora y sin embargo siempre se tiene algo distinto para decir antes o después de cada beso

    el beso será algo así como un sello de cercanía pero varias veces uno está más que lejos de la persona a la que besa.

    además, buenos aires es un epicentro de gente sin verguenza
    muchas, varias, infinitas parejas besándose a la luz del día o la luna... en un bar o en la calle, en la puerta de la facu o mismo en la parada de subte.

    será así en TODAS partes del mundo?


    de hecho ahora que leo esto me viene a la cabeza una vez que fui al shamrock y me hice amiga de unos yanquis. quedamos en volver a vernos y la noche siguiente -eran vacaciones claramente- los saludé con un beso y me miraron tan raro que me asusté. además como explicás que acá es costumbre dar besos en mejilla? los volví a ver y los saludé diciendo "heey". sentí mucho la falta del clásico beso en mejilla.

    en definitiva... es una costumbre que no tiene nada de malo, pero reconozcan esto... no les da fiaca saludar a MUCHA gente en un mismo día?

    "lleguemos últimos al cumple para no tener que saludar a toooooodo el mundo, ya van a estar ebrios"
    nunca lo dijeron/pensaron?
    jajaja!

    'besos'

    maru

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